Como padres, nuestro instinto natural es proteger a nuestros hijos de cualquier dolor. Sin embargo, evitar hablar sobre emociones difíciles (como la tristeza, el miedo o la ira) no los hace desaparecer; al contrario, les enseña que estas emociones son «malas» o inaceptables.
Validar en lugar de minimizar
Cuando tu hijo te dice que tiene miedo, la respuesta común es «no pasa nada, no hay monstruos». Aunque la intención es tranquilizar, el mensaje que recibe es que lo que siente es incorrecto. Intenta decir: «Veo que tienes miedo. Es normal sentir miedo a veces. ¿Quieres que veamos juntos qué podemos hacer?».
Dar nombre a la emoción
Los niños pequeños a menudo no tienen el vocabulario para expresar lo que sienten. Ayúdales a nombrar la emoción: «¿Estás frustrado porque la torre de bloques se cayó?». Esto les ayuda a conectar la sensación física con la palabra y a regular mejor su respuesta emocional en el futuro.
Ser un modelo a seguir
Los niños aprenden más de lo que hacemos que de lo que decimos. Si estás estresado, está bien verbalizarlo (de manera apropiada para su edad): «Mamá está un poco frustrada ahora mismo porque el coche no funciona, voy a respirar hondo un momento». Esto les enseña que las emociones difíciles son normales y que se pueden gestionar saludablemente.
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