A menudo, los adultos tendemos a minimizar los sentimientos de los niños. Frases como ‘no llores por eso’, ‘no es para tanto’ o ‘ya pasó’ salen de nuestra boca de forma automática. Sin embargo, esta minimización puede invalidar lo que el niño está experimentando. La validación emocional es una herramienta fundamental en la crianza respetuosa.
Validar no significa estar de acuerdo con el comportamiento del niño, sino aceptar que su emoción es real y legítima. Cuando un niño siente rabia, tristeza o frustración y un adulto le dice ‘entiendo que te sientas así’, su cerebro recibe un mensaje de seguridad. Esto les ayuda a procesar la emoción mucho más rápido que si intentamos reprimirla.
Para practicar la validación, es importante agacharnos a su altura, mantener contacto visual y usar un tono de voz calmado. Podemos ayudarles a nombrar la emoción: ‘Veo que estás muy frustrado porque la torre de bloques se cayó’. Al darles palabras para lo que sienten, les enseñamos inteligencia emocional y vocabulario para expresarse en el futuro.
Los niños que crecen en un entorno donde sus emociones son validadas tienden a tener mejor autoestima, mayor empatía y mejores habilidades para regularse frente a la adversidad. Aprender a escuchar y validar es, sin duda, uno de los mejores regalos que podemos ofrecerles.
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